(Hay que romantizar el mundo)
“¿Qué es para nuestro corazón el mundo sin amor?”
(“Werther”,
J.W. Goethe)
INTRODUCCION
El tiempo se diluye, como oro líquido, entre los
canales de esta “posmodernidad”. En la gran ciudad todo sucede repentinamente.
Las vidas transcurren repitiéndose, en sombras, en luces; vidas copias de otras
vidas reproducen, alimentan, la máquina infernal. El sistema nos contiene y se
jacta de salvaguardarnos la conciencia y de prepararnos un “futuro mejor”,
aunque en el presente nos colme de miserias.
Estamos
en la era del odio. Odio por doquier: en la calle, en el hogar, en el trabajo,
en los medios y en la escuela. Odio que se cuela en ideas hegemónicas de una
clase dominante (aunque no de la manera que creía Marx). Este pensar
“globalizado” de hoy, dicen los teóricos, que no tiene fronteras, nos alcanza a
todos por igual. Y no tiene rostro, ni manos, ni forma.
Por
una necesidad tremenda de cambiar las cosas, emerge este trabajo, como de las
entrañas mismas de un volcán sin nombre. Se propone rescatar algunas ideas del
Romanticismo que nos hacen tanta falta. Romanticismo “no como rechazo a la
razón, sino como su ampliación, su expansión hacia un horizonte en que la
subjetividad humana pueda reencontrarse auténticamente a sí misma” (De Paz,
p.99).
Este
ensayo “piensa discontinuamente, como la realidad es discontinua, y encuentra
su unidad a través de las rupturas, no intentando taparlas” (Albajari, 1999,
p.200), como afirma Theodor Adorno. Y es a través de esas rupturas que se abre
paso. En un intento. En una exposición de espasmos. Otro alarido en este mundo
de injusticias.
Plantea además a la poesía como lenguaje, como representación
del alma, al decir de Novalis. La poesía como entrega, como reto, carne de una
percepción sensible del mundo, de las cosas, como piel de una concepción
romántica que inicie nuevas reflexiones, pensamientos, críticas y o/posiciones
ante esta actualidad.
LA
CRISIS
Época, ésta, de la innovación continua y masiva. “Los
avances científicos y tecnológicos marcan su desarrollo de una forma
implacable. La novedad, que debe su esencia a la excepción, se ha tornado una
rutina, una cascada de nuevos logros que advierten con naturalidad impropia. En
esta coyuntura, el riesgo epistemológico es, justamente no detectar las
verdaderas novedades. Cada acontecimiento se torna previsible. Así, cuando
tomamos nota de que las cosas cambian es demasiado tarde para empezar a pensar,
por ejemplo, de qué otro modo podrían haber sucedido” (Ford, 1999).
Época,
ésta, del miedo, al otro, a uno mismo, al riesgo país, a perder el trabajo, a
no encontrar nunca trabajo, al hambre, a la comida, a recordar, a decir. Es el
tiempo del miedo. Dice Eduardo Galeano: “Miedo a la puerta sin cerradura, al
tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para
dormir y miedo al día sin pastillas para despertar. Miedo a la multitud, miedo
a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de
vivir” (1999, p.83).
Época,
ésta, de crisis aguda, grave y esdrújula también. Crisis distinta a la del
hombre de la ilustración que veía a la
ciencia como iluminadora, con los grandes interrogantes aún por responder. El
hombre actual ni siquiera se pregunta por eso. Lo agobian otros problemas, que
con los años se han ido complicando de sobremanera. La pérdida de horizonte, de
proyecto, es evidente. Dice Forster: “Nuestro tiempo se parece a una licuadora,
donde todo se mezcla, alguien abre la tapa y todo se dispersa sin saber hacia
dónde va” (1999, p.265).
Ya lo anticipaba Nietzsche en su
crítica del total empobrecimiento que va vaciando de todo sentido la vida
humana: “Las aguas de la religión se retiran dejando en pos de sí lagunas y
pantanos; las naciones se separan otra vez con odio encarnizado ... Las
ciencias trituran y disuelven las más firmes creencias ...; todo prepara el
camino a la barbarie inminente ... Se alzan ahí, es cierto, enormes fuerzas;
pero son fuerzas salvajes, primitivas, carentes en absoluto de toda
misericordia ... Ahora casi todo es regido en la tierra por las fuerzas más
brutales y bajas, por el egoísmo de los hombres de negocios y el poder de los
dictadores militares” (Jaspers, 1936, p.44).
En esta gran industria cultural, que Adorno y
Horkheimer supieron describir, “el conformismo de los consumidores se contenta
con la eterna repetición de lo mismo” (1969, p.162). Como si fuera poco, “quien
no se adapta resulta víctima de una impotencia económica que se prolonga en la
impotencia espiritual del aislado” (ibídem, p.161). Debemos reflexionar para
poder saltar este callejón sin salida y dar al futuro del hombre una forma
mejor y distinta de las que nos pintan los profetas de la decadencia.
Urge, entonces, la presencia de un Romanticismo que
plantee “un viaje del yo hacia el
interior, hacia lo profundo de la imaginación, hacia las cavernas del
inconsciente” (ibídem, p.270). Porque si en otro tiempo las cosas fueron
diferentes, en el futuro las cosas también podrán ser diferentes.
EL ROMANTICISMO:
A fines del siglo XVIII y principios del XIX, emerge
el movimiento romántico, a través de filósofos y poetas: voces que retoman el
mito, ese universo de relatos de los
orígenes y plantean a la poesía y a la
filosofía como “senderos de una verdad mucho más humana” (Casullo, 1999,
p.282).
Sólo me referiré a algunas características del
Romanticismo, en relación a sus formas críticas con respecto a la razón, es
decir, como rebelión ante las cosas dadas, ante el orden puesto. Propongo lo
romántico no sólo como “un movimiento de disgusto respecto del ‘realismo’ del
mundo, sino como una profunda “Revolución Espiritual”.
El
Romanticismo recupera el pasado, la historia personal y colectiva del hombre,
pero “no como pieza del museo, sino como interpelación critica del presente”
(Forster, 1999, p. 271). Por otra parte, retoma el lenguaje poético, “como vía
de conocimiento, sensibilidad e imaginación” (Casullo, 1999, p.297). Pone “en
escena reflexiva y expresiva los lados oscuros de la razón, y de lo particular
subjetivo” (ibídem). Posibilita “una sensibilidad cultural que hace explícita
la angustia de la razón” (ibídem). El hombre
romántico es “el individuo deseoso
del deseo, deseoso de vivir en la condición del puro deseo” (De Paz, p.97).
Dijo
Holderlin, “somos dioses cuando soñamos y mendigos cuando estamos despiertos”.
Entonces, la satisfacción que no puede darnos la razón hay que buscarla en esos
estados de ánimo, soñadores y ebrios.
Que
cada individuo no sea para los demás un medio que se deseche cuando deje de
sernos útil. La racionalización del mundo mata lo cualitativamente único y
trata de traducirlo a lo cuantitativamente repetible. Este mundo, así,
despojado del alma tiene que recuperar su “aura”, su libertad, su originalidad.
Como escribió Kierkegaard: “La desgracia radical de la época moderna consiste
en su falta de originalidad. Sin duda lo más cómodo y seguro es descansar en lo
tradicional, pensar, opinar, hablar, obrar cómo piensan, opinan, hablan, obran
como los demás” (Lersh, 1982, p.127). Y que esta parte del trabajo esté poblada
de citas, de otras voces, no refiere la falta de originalidad, sino que es
parte de la búsqueda de una voz propia que, nutriéndose de otros pensamientos,
intenta asomarse por medio de esta escritura carnal.
Entonces,
frente a esta época inundada de razón y sin razón, necesitamos un Romanticismo
que se ocupe de los grandes problemas: el ser y el sentido, lo trágico del
hombre y sus dioses, la cultura y la sociedad, las causas primeras y las
“explicaciones ultimas”. Reconciliar al hombre partido en alma y cuerpo.
“Suturar las distancias que separan mundo y lenguaje, verdad y felicidad, ideas
y sentimiento, arte y mito”, como afirma Nicolás Casullo (1999). Ya que la
razón científica, como ordenadora, no da cuenta de los sentidos y de la
naturaleza mas genuina de lo humano en la historia.
Iniciar este viaje sin retorno, esta aventura sin
miedo de perdernos, arriesgándonos (un poco cada día): construir un nuevo hoy.
Remover los cimientos de la gran verdad de la razón globalizadora que se
presenta arrolladora, gobernante. Sentir que se puede cambiar. Cambiar.
Romantizar el mundo.
LA POESIA: CAMINO A
La poesía es el vehículo. Transporta ideas. Enriquece
vidas. Mediante el lenguaje poético, nos situamos más cerca del alma del mundo
y de las cosas. O como supo decir Pizarnik: “Esperando que un mundo sea
desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el
silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni
tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra
cosa” (1994, p.148). Esa otra cosa, que dice la palabra, fue lo que aquellos
primeros poetas románticos alemanes intentaron develar: Holderlin, Novalis,
Jean Paul.
En la
actualidad se nos hace muy difícil escuchar. Vivimos en el ruido (y no me
refiero sólo al sonoro). Actuamos mecánicamente y hemos perdido toda forma de
percepción sensible de la naturaleza, del amor. Lo útil, lo que sirve, lo que
adorna, lo que llena este vacío crónico, es lo único que interesa. Para salir
de este tiempo de ilusiones rotas, de sueños deshilachados, de esperanzas pocas; propongo la poesía como
lenguaje, el Romanticismo como filosofía, porque “de este modo el hombre puede
volver a ser dueño de sí mismo, reconquistando el dominio de su propio
interior” (De Paz, p.100).
“Cuando
la luz corrige las paredes del alba/ el olvido es amo/ sonámbulo el sueño vaga y
en su concavidad se anuncia lo que no puede ser” (Gelman, 1997, p.23). El poeta
se desgarra en la palabra, se fusiona con la idea, busca el sentido en el
lenguaje que hace al mundo.
Ahora,
mi poema se despega de la hoja:
de noche la poesía respira
y encuentra un espacio
de entrega / permite
el fondo inabarcable
del silencio / los fuegos
en todos y en uno /
verso que desata
las amarras /
grita al mundo
su locura /
cómo arteria rota
donando su sangre /
Poesía
filosófica o filosofía poética. La palabra está desnuda, a la intemperie. Nace
del silbido de los hombres un hilo de
esperanzas, rescatadas utopías. Vuelve a sonar ese zumbido inacabable de hojas
mojadas por la lluvia de la inspiración. Inspiración que viene, que se va. Que
debemos buscarla. Poesía que rompe las paredes del ocaso. Poesía que es nervio
acaso, nunca distracción. Poesía que despierta las conciencias. Poesía que nos
invita a reencontrarnos con la esencia de las hojas, de los puentes, de los
ríos, de los fríos, de los cómo, de los cuándo, de los dónde, de los por qué
rebotando casi siempre. Y nos dice que el deseo es el lugar, la fuente. Que el
impulso da el arranque. Que la meta es el trayecto. Que el lugar es dónde
estés.
APROXIMACIONES
La búsqueda de una “Revolución Espiritual” para
intentar cambiar el mundo, romantizándolo, está planteada. Esta búsqueda nos
debe llevar a una “Revolución Material” (en el sentido marxista del término).
Una Revolución con mayúscula, en todos los espacios: estéticos, ideológicos,
políticos, económicos, filosóficos, poéticos.
Romantizar,
poetizar, el mundo no significa vestirlo de palabras bellas o adornarlo sólo de
sueños dorados; significa adoptar un pensamiento crítico, y ser capaces de
interpretar e interpelar el mundo. Este mundo dónde todo vale. Darle un sentido
a la vida; darle vida a los sentidos.
Ahora bien, decía Mallarmé: cuando
“repentinamente el lenguaje ya no encuentra la posibilidad de expresar el mundo
tal cual es, el poeta tiene como misión navegar en su interioridad para encontrar un nuevo lenguaje que le
permita inventar un nuevo mundo” (Forster, 1999, p.128).
Ahí
está la clave: en ese nuevo lenguaje para la construcción de un nuevo mundo,
con sus imperfecciones, sus claros y oscuros, porque de lo contrario sería
aburrido, impensable. Pero con una escala de valores en donde primen conceptos
hoy gastados: justicia, dignidad, igualdad, amor y libertad.
“Allí
donde crece el peligro también crece lo que salva” (Forster, 1999, p.144),
pensaba Friedrich Holderlin.
Necesitamos una poética, entonces,
como nuevo lenguaje, como contra hegemonía en el sentido gramsciano, como
exigencia necesaria, y un Romanticismo
que rompa e interrumpa esta fiesta de pocos, este brindis siempre ajeno; que
nos haga volver a creer en algo, en alguien; esto es: construir una nueva
historia, con pasión, con esfuerzo, con poesía, con amor; caminar por este
tiempo, con la certeza que de algún lugar venimos y hacia algún lugar vamos.
Con la certeza de que lo que importa es el camino.