sábado, 16 de mayo de 2020

Santiago Bilbao (Hay que romantizar el mundo)

 

 Santiago Bilbao

(Hay que romantizar el mundo)

 

 

 

“¿Qué es para nuestro corazón el mundo sin amor?”

            (“Werther”, J.W. Goethe)

 

 

 

 

INTRODUCCION

 

El tiempo se diluye, como oro líquido, entre los canales de esta “posmodernidad”. En la gran ciudad todo sucede repentinamente. Las vidas transcurren repitiéndose, en sombras, en luces; vidas copias de otras vidas reproducen, alimentan, la máquina infernal. El sistema nos contiene y se jacta de salvaguardarnos la conciencia y de prepararnos un “futuro mejor”, aunque en el presente nos colme de miserias.

            Estamos en la era del odio. Odio por doquier: en la calle, en el hogar, en el trabajo, en los medios y en la escuela. Odio que se cuela en ideas hegemónicas de una clase dominante (aunque no de la manera que creía Marx). Este pensar “globalizado” de hoy, dicen los teóricos, que no tiene fronteras, nos alcanza a todos por igual. Y no tiene rostro, ni manos, ni forma.

            Por una necesidad tremenda de cambiar las cosas, emerge este trabajo, como de las entrañas mismas de un volcán sin nombre. Se propone rescatar algunas ideas del Romanticismo que nos hacen tanta falta. Romanticismo “no como rechazo a la razón, sino como su ampliación, su expansión hacia un horizonte en que la subjetividad humana pueda reencontrarse auténticamente a sí misma” (De Paz, p.99).

            Este ensayo “piensa discontinuamente, como la realidad es discontinua, y encuentra su unidad a través de las rupturas, no intentando taparlas” (Albajari, 1999, p.200), como afirma Theodor Adorno. Y es a través de esas rupturas que se abre paso. En un intento. En una exposición de espasmos. Otro alarido en este mundo de injusticias.

Plantea además a la poesía como lenguaje, como representación del alma, al decir de Novalis. La poesía como entrega, como reto, carne de una percepción sensible del mundo, de las cosas, como piel de una concepción romántica que inicie nuevas reflexiones, pensamientos, críticas y o/posiciones ante esta actualidad.

 

LA CRISIS

 

Época, ésta, de la innovación continua y masiva. “Los avances científicos y tecnológicos marcan su desarrollo de una forma implacable. La novedad, que debe su esencia a la excepción, se ha tornado una rutina, una cascada de nuevos logros que advierten con naturalidad impropia. En esta coyuntura, el riesgo epistemológico es, justamente no detectar las verdaderas novedades. Cada acontecimiento se torna previsible. Así, cuando tomamos nota de que las cosas cambian es demasiado tarde para empezar a pensar, por ejemplo, de qué otro modo podrían haber sucedido” (Ford, 1999).

            Época, ésta, del miedo, al otro, a uno mismo, al riesgo país, a perder el trabajo, a no encontrar nunca trabajo, al hambre, a la comida, a recordar, a decir. Es el tiempo del miedo. Dice Eduardo Galeano: “Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar. Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir” (1999, p.83).

            Época, ésta, de crisis aguda, grave y esdrújula también. Crisis distinta a la del hombre de la  ilustración que veía a la ciencia como iluminadora, con los grandes interrogantes aún por responder. El hombre actual ni siquiera se pregunta por eso. Lo agobian otros problemas, que con los años se han ido complicando de sobremanera. La pérdida de horizonte, de proyecto, es evidente. Dice Forster: “Nuestro tiempo se parece a una licuadora, donde todo se mezcla, alguien abre la tapa y todo se dispersa sin saber hacia dónde va” (1999, p.265).

            Ya lo anticipaba Nietzsche en su crítica del total empobrecimiento que va vaciando de todo sentido la vida humana: “Las aguas de la religión se retiran dejando en pos de sí lagunas y pantanos; las naciones se separan otra vez con odio encarnizado ... Las ciencias trituran y disuelven las más firmes creencias ...; todo prepara el camino a la barbarie inminente ... Se alzan ahí, es cierto, enormes fuerzas; pero son fuerzas salvajes, primitivas, carentes en absoluto de toda misericordia ... Ahora casi todo es regido en la tierra por las fuerzas más brutales y bajas, por el egoísmo de los hombres de negocios y el poder de los dictadores militares” (Jaspers, 1936, p.44).

En esta gran industria cultural, que Adorno y Horkheimer supieron describir, “el conformismo de los consumidores se contenta con la eterna repetición de lo mismo” (1969, p.162). Como si fuera poco, “quien no se adapta resulta víctima de una impotencia económica que se prolonga en la impotencia espiritual del aislado” (ibídem, p.161). Debemos reflexionar para poder saltar este callejón sin salida y dar al futuro del hombre una forma mejor y distinta de las que nos pintan los profetas de la decadencia.

Urge, entonces, la presencia de un Romanticismo que plantee “un viaje del yo hacia el interior, hacia lo profundo de la imaginación, hacia las cavernas del inconsciente” (ibídem, p.270). Porque si en otro tiempo las cosas fueron diferentes, en el futuro las cosas también podrán ser diferentes. 

 

EL ROMANTICISMO: LA REVOLUCION ESPIRITUAL

 

A fines del siglo XVIII y principios del XIX, emerge el movimiento romántico, a través de filósofos y poetas: voces que retoman el mito,  ese universo de relatos de los orígenes y plantean a la poesía y  a la filosofía como “senderos de una verdad mucho más humana” (Casullo, 1999, p.282).

Sólo me referiré a algunas características del Romanticismo, en relación a sus formas críticas con respecto a la razón, es decir, como rebelión ante las cosas dadas, ante el orden puesto. Propongo lo romántico no sólo como “un movimiento de disgusto respecto del ‘realismo’ del mundo, sino como una profunda “Revolución Espiritual”.

            El Romanticismo recupera el pasado, la historia personal y colectiva del hombre, pero “no como pieza del museo, sino como interpelación critica del presente” (Forster, 1999, p. 271). Por otra parte, retoma el lenguaje poético, “como vía de conocimiento, sensibilidad e imaginación” (Casullo, 1999, p.297). Pone “en escena reflexiva y expresiva los lados oscuros de la razón, y de lo particular subjetivo” (ibídem). Posibilita “una sensibilidad cultural que hace explícita la angustia de la razón” (ibídem). El hombre romántico  es “el individuo deseoso del deseo, deseoso de vivir en la condición del puro deseo” (De Paz, p.97).

            Dijo Holderlin, “somos dioses cuando soñamos y mendigos cuando estamos despiertos”. Entonces, la satisfacción que no puede darnos la razón hay que buscarla en esos estados de ánimo, soñadores y ebrios.

            Que cada individuo no sea para los demás un medio que se deseche cuando deje de sernos útil. La racionalización del mundo mata lo cualitativamente único y trata de traducirlo a lo cuantitativamente repetible. Este mundo, así, despojado del alma tiene que recuperar su “aura”, su libertad, su originalidad. Como escribió Kierkegaard: “La desgracia radical de la época moderna consiste en su falta de originalidad. Sin duda lo más cómodo y seguro es descansar en lo tradicional, pensar, opinar, hablar, obrar cómo piensan, opinan, hablan, obran como los demás” (Lersh, 1982, p.127). Y que esta parte del trabajo esté poblada de citas, de otras voces, no refiere la falta de originalidad, sino que es parte de la búsqueda de una voz propia que, nutriéndose de otros pensamientos, intenta asomarse por medio de esta escritura carnal.

            Entonces, frente a esta época inundada de razón y sin razón, necesitamos un Romanticismo que se ocupe de los grandes problemas: el ser y el sentido, lo trágico del hombre y sus dioses, la cultura y la sociedad, las causas primeras y las “explicaciones ultimas”. Reconciliar al hombre partido en alma y cuerpo. “Suturar las distancias que separan mundo y lenguaje, verdad y felicidad, ideas y sentimiento, arte y mito”, como afirma Nicolás Casullo (1999). Ya que la razón científica, como ordenadora, no da cuenta de los sentidos y de la naturaleza mas genuina de lo humano en la historia.

Iniciar este viaje sin retorno, esta aventura sin miedo de perdernos, arriesgándonos (un poco cada día): construir un nuevo hoy. Remover los cimientos de la gran verdad de la razón globalizadora que se presenta arrolladora, gobernante. Sentir que se puede cambiar. Cambiar. Romantizar el mundo.

 

LA POESIA: CAMINO A LA INTERPRETACION DEL MUNDO

 

La poesía es el vehículo. Transporta ideas. Enriquece vidas. Mediante el lenguaje poético, nos situamos más cerca del alma del mundo y de las cosas. O como supo decir Pizarnik: “Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa” (1994, p.148). Esa otra cosa, que dice la palabra, fue lo que aquellos primeros poetas románticos alemanes intentaron develar: Holderlin, Novalis, Jean Paul.

 

            En la actualidad se nos hace muy difícil escuchar. Vivimos en el ruido (y no me refiero sólo al sonoro). Actuamos mecánicamente y hemos perdido toda forma de percepción sensible de la naturaleza, del amor. Lo útil, lo que sirve, lo que adorna, lo que llena este vacío crónico, es lo único que interesa. Para salir de este tiempo de ilusiones rotas, de sueños deshilachados, de  esperanzas pocas; propongo la poesía como lenguaje, el Romanticismo como filosofía, porque “de este modo el hombre puede volver a ser dueño de sí mismo, reconquistando el dominio de su propio interior” (De Paz, p.100).

            “Cuando la luz corrige las paredes del alba/ el olvido es amo/ sonámbulo el sueño vaga y en su concavidad se anuncia lo que no puede ser” (Gelman, 1997, p.23). El poeta se desgarra en la palabra, se fusiona con la idea, busca el sentido en el lenguaje que hace al mundo.

 

Ahora, mi poema se despega de la hoja:

 

de noche la poesía respira

y encuentra un espacio

de entrega / permite

el fondo inabarcable  

 

del silencio / los fuegos

en todos y en uno /

verso que desata

las amarras /

 

grita al mundo

su locura /

cómo arteria rota

donando su sangre /

           

Poesía filosófica o filosofía poética. La palabra está desnuda, a la intemperie. Nace del silbido  de los hombres un hilo de esperanzas, rescatadas utopías. Vuelve a sonar ese zumbido inacabable de hojas mojadas por la lluvia de la inspiración. Inspiración que viene, que se va. Que debemos buscarla. Poesía que rompe las paredes del ocaso. Poesía que es nervio acaso, nunca distracción. Poesía que despierta las conciencias. Poesía que nos invita a reencontrarnos con la esencia de las hojas, de los puentes, de los ríos, de los fríos, de los cómo, de los cuándo, de los dónde, de los por qué rebotando casi siempre. Y nos dice que el deseo es el lugar, la fuente. Que el impulso da el arranque. Que la meta es el trayecto. Que el lugar es dónde estés.

 

             

APROXIMACIONES

 

La búsqueda de una “Revolución Espiritual” para intentar cambiar el mundo, romantizándolo, está planteada. Esta búsqueda nos debe llevar a una “Revolución Material” (en el sentido marxista del término). Una Revolución con mayúscula, en todos los espacios: estéticos, ideológicos, políticos, económicos, filosóficos, poéticos.

            Romantizar, poetizar, el mundo no significa vestirlo de palabras bellas o adornarlo sólo de sueños dorados; significa adoptar un pensamiento crítico, y ser capaces de interpretar e interpelar el mundo. Este mundo dónde todo vale. Darle un sentido a la vida; darle vida a los sentidos.

            Ahora bien, decía Mallarmé: cuando “repentinamente el lenguaje ya no encuentra la posibilidad de expresar el mundo tal cual es, el poeta tiene como misión navegar en su interioridad  para encontrar un nuevo lenguaje que le permita inventar un nuevo mundo” (Forster, 1999, p.128).

            Ahí está la clave: en ese nuevo lenguaje para la construcción de un nuevo mundo, con sus imperfecciones, sus claros y oscuros, porque de lo contrario sería aburrido, impensable. Pero con una escala de valores en donde primen conceptos hoy gastados: justicia, dignidad, igualdad, amor y libertad.

            “Allí donde crece el peligro también crece lo que salva” (Forster, 1999, p.144), pensaba Friedrich Holderlin.

            Necesitamos una poética, entonces, como nuevo lenguaje, como contra hegemonía en el sentido gramsciano, como exigencia necesaria, y  un Romanticismo que rompa e interrumpa esta fiesta de pocos, este brindis siempre ajeno; que nos haga volver a creer en algo, en alguien; esto es: construir una nueva historia, con pasión, con esfuerzo, con poesía, con amor; caminar por este tiempo, con la certeza que de algún lugar venimos y hacia algún lugar vamos. Con la certeza de que lo que importa es el camino.